Lo que voy a contarles hoy, ocurrió una noche de invierno, donde el frío se apoderaba de nuestra casa pequeña y humilde, la cual, sólo vivíamos mamá y yo, ya que papá, falleció hace algunos años, en un accidente.
Mi madre y yo, quedamos solos, luchando con mi enfermedad, leucemia. Enfermedad, con la cual, me cuesta vivir, pero mamá me ayuda a mantener las esperanzas para seguir adelante… Y es de seguro mi problema de salud, el detonante, de lo que me sucedió esa inolvidable noche.
Recuerdo que después de una sopa caliente, mamá me dio un beso, y me dispuse a descansar. Cuando derepente, mis manos comenzaron a temblar, de la misma forma, lo hacía todo mi cuerpo. El corazón latía de prisas, cómo si se olvidase, de que las pulsaciones normales, debían ser tranquilas. A medida que los minutos pasaban, parecía que mi cuerpo, irradiaba fuego, el calor empezó a apoderarse de mi piel, hasta mojar por completo mis cobijas. Tenía una fiebre, que parecía incontrolable, quise llamar a mamá, pero mis labios, no podían pronunciar una sola palabra. Sólo temblaba, y mi lengua se amortiguaba.
Luego, mientras la temperatura continuaba subiendo, y yo perdía mis fuerzas, una molestia en mis huesos, se amigó con mi fiebre, y es entonces, que todo comenzó a dolerme, cómo si cada pedacito de mi, se fuese a desarmar.
Mi cabeza, también se sumaba a el dolor de mis huesos, estaba apunto de explotarme, y no paraba de darme vueltas. Era algo muy difícil de explicar con palabras, pues quizás para entenderme, deberían sentirlo…
Mi cabeza, se encargaba de marearme, a tal punto, que ya ni si quiera sabía, donde es que estaba acostado. Mis huesos, dolían tanto, que mientras me retorcía, podía sentirlos crujir. Mi cama, mi piel, eran un incendio, pues parecía que la temperatura, no volvería a la normalidad jamás.
Cuando intenté llamar a mamá otra vez, para que me socorriera, (cómo si lo que me estaba pasando no era suficiente) al pronunciar, ¡mamá! Comencé a ahogarme. Y entre mi desesperación y desasosiego, al intentar gritar, mi boca, sólo pudo abrirse, para devolver sangre. Sangre, que era imposible pararla, sangre que no hacía más, que desvanecerme aún peor, sangre que se perdía y me transformaba en nada, en algo sin sentido.
Después de minutos de una agonía incesante, me resigné a morir. Recordé los maravillosos momentos de niño que viví con mis padres, los fines de semana tan ansiados y esperados para disfrutar del sol y la naturaleza a su lado, las infinitas veces que fue mas fuerte mi rebeldía y retrucaba todo lo que mamá me ordenaba, y ahora, que estaba apunto de morirme, ni si quiera, iba a poder regalarme unos minutos, para pedirle perdón.
Pero algo que me tranquilizaba, y escondía mi terror por momentos, era la voz de papá que me llamaba, repitiendo con ternura que me esperaba, y que el me cuidaría cuando llegase al cielo.
Pude sentir a papá, acunándome en sus brazos, listo para irme con él y solo a unos segundos de dar mi último suspiro, una voz me dijo: “¡james! ¡James! ¡Pequeño! arriba, ¡es hora de levantarse! Abrí los ojos y me incorporé lentamente, y comprendí que la pesadilla, había terminado.
Abracé a mamá con lágrimas en los ojos, y acariciando mi cabello, me decía: “cálmate mi niño, oí que te quejabas, y vine corriendo a despertarte.
Sólo es un mal sueño, mamá, ya está aquí…